Bach, Billie Holiday, Radiohead, Duke Ellington, Gershwin. Después sí, hay cosas que en algunos momentos escucho más y en otro momento escucho menos o que me olvido que están, pero siempre hay al menos dos de esa lista en mi sync list.
No es algo de lo que me enorgullezca, pero fumo entre uno y cinco cigarrillos al día. Diez, si alguna vez estoy muy sacado. Nunca en la vida llegué a terminarme un atado en un día. A veces pienso que debería dejarlo, pero la realidad es que no sé si tengo ganas, por varias cosas. En primer lugar, porque realmente disfruto muchísimo el acto de fumar. Luego, porque mi madre hace unos días confirmó mis sospechas al decirle a mi padre mientras me veía medio sentado en la mesada (ustedes me entienden, ese sentarse en el que solamente se apoya un muslo sobre el acero inoxidable, de manera casi simbólica) "Le diría que no me gusta que fume en la cocina, que me da asco, pero queda tan elegante, mirá".
Es una obviedad a lo mejor, pero me apasiona lo que estudio como pocas otras cosas en este mundo. Pienso en largar todo a la mierda y ser no sé, asesor de imagen a veces, cuando llevo semanas durmiendo cuatro horas por noche y tomando más café que aire; pero después leo (suponete) un capítulo lindísimo sobre familia Herpetoviridae y siento que todo mi entorno desaparece en un fade out y sólo quedamos yo y la secuencia mácula-pápula-vesícula-costra, y que si en ese instante preciso viniera el mismísimo Freud y me lo preguntara, le podría explicar con lujo de detalles qué mierda es eso del deseo.
Aceite de oliva, ajo, pimienta recién molida, café en grano, tomates, canela, vino tinto, té. No concibo el concepto de sabor (y por lo tanto la vida misma) sin esos básicos absolutos.
Shame on me, se me siguen poniendo los ojos vidriosos con esa escena de The Bridges of Madison County en que Francesca agarra fuerte la manija de la puerta de la camioneta. No soy de esa gente que moquea por cualquier cualquier cosa, pero cuando hay algo que me angustia lo suficiente (que no son tantas cosas), lloro con toda el alma, hasta quedarme dormido mientras siento que se me va la vida en eso.
Hay algunas partes de mi cuerpo que me gustan más que el resto: las clavículas, los esternocleidomastoideos y el cartílago tiroides (a.k.a. nuez de Adán).
El primer libro que leí cuando tenía más o menos cinco años fue la versión original de La Isla del Tesoro, de Stevenson. Me morí del embole.